domingo, 27 de mayo de 2012

Mitología matemáticamente coherente (o el fín de la ciencia)

Los dueños de la casa que hemos tenido alquilada este año que ya termina, nos la dejaron amablemente con una suscripción a Newsweek incluida. El reportaje de portada de esta semana se titula "bienvenido al multiverso", y presenta el estado actual de la cosmología. Leerlo me ha dejado un mal rollo que, a pesar de que se que me meto en un jardín considerable, no puedo evitar comentar.

Tanto esfuerzo "escéptico" en explicar el método científico y resulta que el paradigma de los científicos más estupendos de todos parece salirse por la tangente. Copérnico, Kepler, Galileo, Newton o Einstein buscaban una explicación a las observaciones, mientras que ahora parece que se buscan observaciones para justificar la explicación. Es como la versión física del famoso dicho periodístico "que la realidad no te estropee un buen titular" que aquí sería "que la falta de datos no te estropee una buena teoría".

Sin duda que hay refinamientos epistemológicos mucho más allá de mi visión primitiva y visceral del asunto, pero no puedo evitar contemplar los otros universos del multiverso en el mismo plano que las cien mil vírgenes del que muere en guerra santa, el infierno de Pedro Botero, el Silmarilión, el Valhala o las ideas de Platón. Por cierto, en la misa zona quedan también las supercuerdas.

Extrapolar el conocimiento científico más allá de todo lo observable (incluso de lo que razonablemente se puede esperar que se pueda observar nunca) es un ejercicio de mitología. Una mitología especial porque tiene que tener una lógica interna, derivar de muy pocos primeros principios y una elaboración matemática sólida; pero no por ello menos mitológica. Siempre hay quien te pregunta ¿Y si algún día se pueden medir partículas que vengan de los otros universos? ¿Y si de las teorías de cuerdas se puede derivar una observación comprobable? Claro que también puede llegar un día en que baje Thor del Valhala o se aparezca el arcángel San Gabriel. Ese día tendremos que reconsiderar nuestras ideas y empezar de nuevo, pero mientras...

Entiendo que profesionalmente es un buen ejercicio; sirve para ejercitar la capacidad de elaborar teorías internamente coherentes, para explorar hipótesis, para refinar planteamientos experimentales, para revisar con distintos puntos de vista los datos existentes, etc.. En resumen, sirve para hacer avanzar el conocimiento científico. Me parece, por tanto, muy sensato que los científicos profesionales extrapolen los modelos y teorías y que los lleven hasta los límites de la imaginación y la capacidad de cálculo. Otra cosa muy distinta es dar rango de "verdad" a esos ejercicio intelectuales. La ciencia avanza así, con hipótesis derivadas de extrapolar el modelo existente: Neptuno o el neutrino se propusieron para que cuadraran datos y luego resultó que estaban ahí y su existencia se pudo comprobar por procedimientos alternativos a los que sugirieron su existencia. Otros constructos como el calórico o el éter luminífero no pasaron esa prueba. Pero si no existen ese tipo de pruebas estamos cambiando de juego, ya no es ciencia.

Hay actividades humanas que tuvieron momentos de esplendor y que, esencialmente, han concluido. Un par de ejemplos podrían ser la música clásica o el cómic. Que no es que hayan dejado de producirse, pero si que han pasado los grandes momentos de Asterix, Tinín o la Marvel por un lado y Grieg, Puccini o Rachmaninoff por otro. Hoy hay más música y más novelas ilustradas que nunca: el pop- rock y el cine han ocupado el lugar que antes tuvieron la música clásica y el cómic. Estos ejemplos los pone John Horgan en el libro en el que plantea la posibilidad de que haya un final de la ciencia. Un libro polémico y muy criticado (ver 1 o 2), que motivo una "réplica" por parte del sempiterno editor de Nature, John Madox, pero que no deja de ser fascinante.

Me da la impresión de que la física fundamental tuvo en Einstein, Schrodinger y compañía los últimos momentos de gloria universal. Ellos son los héroes de la Marvel con cuyas reediciones se llenan los cines (véase el reciente éxito de "Avengers"), mientras que los nuevos avances suenan al oído del profano como las últimas obras de la música clásica contemporánea.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Pagando la universidad, tasas, préstamos o becas

Es difícil considerar este asunto con racionalidad en un momento histórico como el actual, en el que el ministro del ramo está arramblando con todos los niveles educativos sin la menor delicadeza (para muestra este botón). Aún así, siquiera sea por no ponerse a su bajura altura, voy a intentar resumir mi opinión.

Situación de partida, diagnóstico.
Las actuales matrículas cubren aproximadamente el 10% del coste real del puesto universitario, bueno, siempre que se considere la aproximación del "coste real" consistente en dividir el presupuesto total por el número de estudiantes. Dada la doble misión docente e investigadora, una parte importante del presupuesto global se dedica a una actividad que no es obvio que haya que imputar a los estudiantes. Aún así, podemos asumir que del coste actual de la universidad, la gran mayoría es pagado con fondos públicos. De esta situación se puede decir:

1.- Es injusta en la medida en que beneficia a unos a costa de otros. Cómo se dice textualmente aquí, "el subsidio a los estudios universitarios, es una transferencia de rentas inversa, de los pobres a los ricos".

2.- Es injusta además porque los universitarios ven incrementada su empleabilidad y el salario medio esperable, con lo que el resultado de la formación universitaria es un beneficio económico (apreciable y cuantificable) para el que la disfruta, por el que no paga.

Estos dos argumentos se pueden encontrar detallados en este artículo de Nada es Gratis o en este otro de Mariano Fernandez Enguita, (que es el que ha generado una discusión en Twitter que motiva esta entrada). Me gustaría añadir algunas ventajas que proporciona la educación superior a la sociedad en su conjunto.

3.- El tejido productivo, y con él la sociedad en general, disfruta de una fuerza laboral más capaz, más flexible y adaptada a la sociedad del conocimiento. La disponibilidad de egresados con formaciones adecuadas ahorra significativos costes de formación profesional.

4.- Una ciudadanía mejor formada, un bien en si mismo.

Alternativas posibles.
Se puede argumentar, con razón, que los inconvenientes 1 y 2 (la injusticia) es atribuible al sistema de cuasi- gratuidad de la enseñanza, mientas que las ventajas 3 y 4 lo son de una amplia enseñanza universitaria, que puede conseguirse por otros procedimientos, es cierto. ¿Qué procedimientos son esos? Por listarlos todos:

A. Mantener la matrícula (casi) gratuita, con unas (A1) normas de permanencia adecuadas.

B. Cobrar matrículas de coste completo y facilitar recursos públicos en forma de (B1) avales a préstamos (y subvención de tipos) y (B2) becas (subvenciones a fondo perdido dependiendo del cumplimiento de criterios académicos y económicos).

C. Un impuesto sobre los graduados. Una versión del caso B en el que en vez de proporcionar los créditos los bancos, es el propio estado el que presta y recauda a los estudiantes y egresados. Ésta que parece defenderse en "La otra tasa Tobin"

Las alternativas B y C resuelven el problema de la injusticia (puntos 1 y 2 del diagnóstico), pero a cambio introducen un problema nuevo, (5) un aumento de la desigualdad derivado del posible incremento en la dificultad de acceso por parte de los estudiantes procedentes de familias económicamente menos favorecidas. Siempre se puede contestar que con el ajuste adecuado de los mecanismos de corrección, préstamos y becas (B1 y B2) se puede evitar la desigualdad (5), consiguiendo un sistema óptimo. En efecto esto es posible, pero muy difícil. La bondad social de estos sistemas queda ligada a los ajustes técnicos y políticos de los detalles: en qué condiciones se concede una beca, qué presupuesto se destina a tal fin, cómo se subvencionan los créditos, etc. Como hemos comprobado este mismo año, se puede recortar el presupuesto de becas en un 11 % de un momento para el siguiente. El equilibrio óptimo de ese sistema me parece muy inestable, con una gran tendencia a caer del lado de la desigualdad social.

En cambio el sistema A es muy robusto. Se pueden subir las tasas un año (cómo se prevé para el próximo curso), pero con todo lo doloroso que pueda resultar a algunos, una subida de tasas del 50% no altera drásticamente las virtudes del sistema y puede ser absorbido por la inflación en poco tiempo. La injusticia  del mismo (puntos 1 y 2) es esencial, no se elimina con ajustes, aunque puede disminuirse en sus aspectos más escandalosos con unas normas de permanencia (A1) adecuadas, más rigurosas que las actuales.

En resumen, el modelo A garantiza la igualdad de acceso a cambio de una cierta injusticia personal, mientras que los sistemas B y C garantizan la justicia (y responsabilidad) personales a cambio de un prácticamente cierto incremento de la desigualdad de acceso.

Mis convicciones personales (derivadas quizá de mi estructura cerebral o genética) me llevan a optar por la primera opción, la que tenemos ahora. Las mismas convicciones que hacen que mi indignación ante un parado que cobra irregularmente la prestación sea menor que la que me produce la indemnización por cese de un banquero ruinoso.

La figura procede de aquí, de un comentario sobre las dificultades a que ha llevado el sistema B en EEUU.

domingo, 20 de mayo de 2012

Sobre el conocimiento científico de la sociedad en general

Leía el estupendo artículo de @Xurxomar sobre la historia de la ciencia y de su comunicación y me iba quedando un regusto extraño. ¿En qué otra actividad humana se habla de "divulgación", "popularización" o "comunicación social"? Por cierto, da igual que busquemos términos progresivamente menos elitistas, el modelo sigue siendo unidireccional. No hablamos de "divulgación" para referirnos al derecho, la política, la gastronomía o el deporte.

De alguna manera asumimos que conocimiento científico, a diferencia de otros, está fuera de la sociedad en general y hay que hacer esfuerzos específicos por distribuir algunas raciones mínimas, siquiera se de subsistencia, entre la población. Si yo se algo sobre la alineación del Real Madrid, la evolución del Bulli o la problemática sobre las tallas de la pasarela Cibeles no es porque alguien haya hecho "divulgación" de deporte, gastronomía o moda. Son conocimientos que están encima de la mesa, que circulan. La vida diaria está entreverada de conocimiento, píldoras sobre temas de lo más variado que muy raramente incluyen cuestiones científicas. Por alguna razón que deberíamos estudiar, la dieta cotidiana informacional resulta muy deficitaria en ciencia, e intentamos corregirla con suplementos vitamínicos especiales (divulgativos) que se encuentran en "establecimientos especializados" (blogs, programas de tv en horarios difíciles, etc.).

Uno de los primeros efectos de esta situación es que sólo van a por los complementos a la dieta informacional los que ya son conscientes de que tienen un problema y lo quieren resolver, mientras que la inmensa mayoría no es consciente del tema y no consume "divulgación". Así que aunque se llame "divulgación" no llega al vulgo, sino que sigue siendo algo minoritario y, porqué no decirlo, endogámico.

"Sin embargo, a pesar de que este amplio abanico de herramientas para transmitir el conocimiento no deja de producir una corriente de aire fresco -se publican constantemente buenos libros de divulgación, hay excelentes series y documentales para tv e internet, etc.-, una preocupante mayoría de la gente tiene unos conocimientos sobre ciencia similares a los que podría tener un artesano medieval, además de mantener creencias irracionales y claramente acientíficas, como la astrología, que siguen cautivando al público desinformado."

No podríamos decir lo mismo de los conocimientos sobre otros temas. Entre los artesanos medievales y los trabajadores actuales el deporte, la gastronomía y la moda se han incorporado a la cultura popular cotidiana, y la ciencia aún no. 

¿Y qué hay que hacer para incorporarse a la cultura popular cotidiana? Esa es la pregunta del millón. Podríamos pensar que la gastronomía lo es porque unos canelones de berenjena rellenos de ahumados se colocan en la portada de El País, pero yo creo que es al revés, que la gastronomía esté en portada es consecuencia de su incorporación a la cultura, no causa.

Habrá que seguir analizando esta cuestión y los elementos que la componen (como la imagen social del "científico" entre otros). Mientras, toda iniciativa sigue siendo necesaria. 

miércoles, 16 de mayo de 2012

Decisiones políticas de base científica

En la entrada anterior me dejaba (al menos) un tema pendiente, el de la agregación del conocimiento científico para conformar decisiones políticas en temas de fuerte base científico- tecnológica.

Hace años impartía un curso de doctorado compartiendo clases con un par de buenos amigos, sociólogos especializados en la construcción social de la ciencia (que acabaron publicando éste libro). No coincidíamos en algunas cosas, ellos me llamaban naïve y yo a ellos postmodernos, un poco exagerados ambos "insultos". De los intentos de reconciliar posturas surgió la idea de la complejidad de agregar "verdades científicas" que se ilustra en la figura y expongo a continuación.

En la base de la pirámide están las "verdades científicas", enunciados incuestionables derivados del conocimiento acumulado bien establecido. Cosas del tipo "las piedras caen hacia abajo" (obviamente siempre que estemos suficientemente cerca de la tierra), "El radio medio de la tierra es de 6.371 Km", "Las antenas de telefonía móvil emiten radiación electromagnética de una determinado intervalo de frecuencias", etc. Estos enunciados tienen la virtud de proporcionar un elevadísimo grado de certeza, se pueden considerar verdaderos a todos los efectos prácticos. Lo malo es que la utilidad práctica de los mismos no es demasiado grande.

Si lo que uno quiere dilucidar es si debe o no extenderse la licencia de funcionamiento de una central nuclear o la conveniencia de restringir la colocación de antenas de telefonía móvil no se puede recurrir a verdades científicas simples, no existen enunciados verdaderos que respondan estas cuestiones. No hay más remedio que elaborar razonamientos complejos que vayan integrando progresivamente los conocimientos ciertos, escalando por la pirámide de la figura, camino de la respuesta de interés social. Lamentablemente en ese camino a la vez que se gana relevancia se pierde certeza (aunque no siempre en la misma medida).

Las decisiones políticas, las representadas por la cima de la pirámide de la figura, se pueden reducir a analizar ventajas e inconvenientes y a sopesar entre ellos. La valoración de las ventajas frente a los inconvenientes es una cuestión personal (1) muy ligada a la ideología (la visión de futuro de la sociedad ideal que tenga el individuo), y la consideración conjuntamente las opiniones de diversas personas es la base de la democracia. Sin embargo la formulación de las ventajas y los inconvenientes es una cuestión de carácter técnico, es ahí dónde el trabajo honesto de agregación de verdades científicas es fundamental.

Es difícil mantener la estructura de análisis y que los técnicos no se metan en política ni los políticos en lo técnico. Por ejemplo, es bien sabido que la probabilidad de morir en accidente de coche es considerablemente más alta que la de morir en accidente de avión; pero el juicio técnico acaba ahí, y cada persona es muy libre de temer más un suceso más improbable que uno más probable (para desesperación de muchos técnicos). Al contrario también ocurre, cuando un técnico presenta un dato muy contundente en contra de la opinión del lego que ha de valorar, es típico que se le acuse de "vendido" al poder económico de la causa contraria (las farmacéuticas, el lobby nuclear, o lo que fuere menester).

En mi opinión, una estructura seria de análisis de cuestiones de base científica e interés social es muy importante, y hay muchísimas cuestiones en las que la discusión está abierta y hay hueco para argumentos, contraargumentos y valoraciones múltiples. Creo también que es un error tremendo esforzarse en buscar polémicas dónde las verdades científicas están suficientemente claras. Tristemente los ejemplos son muchos, algunos:
- Las vacunas no causan autismo (aunque lo dijera un juez)
- La homeopatía se reduce al efecto placebo (aunque "a mi me funcione)
- La radiación que soporta la telefonía móvil no produce cáncer ni otros problemas de salud (aunque ciertos panfletos cuenten con apoyos excesivos)
- Etc. etc.

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domingo, 6 de mayo de 2012

Falacia de la equidistancia

No estoy muy versado en lógica formal, e ignoro si esta falacia tiene suficiente caché como para tener nombre en latín pero, aunque no lo tenga, es muy real, y muy destructiva (como casi todas). La idea central consiste en situarse en el hipotético punto medio ante una cuestión polémica, es una suerte de agnosticismo ante la polémica. ¿Fue el hombre a la luna? Vaya usted a saber, probablemente, pero los argumentos en contra son muy sólidos también. ¿Funciona la homeopatía? Bueno, aunque los principios en que se basa no son muy sólidos, a mucha gente le funciona y hasta hay países en que está en la seguridad social, y así hasta el infinito (o ad infinitum, que esa si es fácil en latín).

Probablemente el origen de la falacia de la equidistancia esté en no asumir que las opiniones son democráticas, pero los hecho no. Sobre el monto de la indemnización por despido cada persona puede tener su opinión, sobre la ilegalización del aborto o no distintas personas tienen sus opiniones, y todas son respetables. Es sobre las cuestiones opinables sobre las que se construye la democracia, dado que no hay un juez definitivo para estas cuestiones aceptamos que socialmente hay que acatar la opinión de la mayoría. Pero extender este procedimiento a los hechos es erróneo. Las piedras caen hacia abajo por mucho que se empeñara un hipotético frente de liberación gravitacional en que no fuera así. El número de veces que cabe el diámetro en la circunferencia correspondiente (tradicionalmente llamado PI) es un número de infinitos decimales, y esto no es opinable. Uno de los casos más famosos y paradigmáticos de esta confusión lo protagonizó la Asamblea General de Indiana en 1897, que discutió sobre un proyecto de ley para redondear el valor de PI a algo más conveniente. Aunque al final imperase la cordura y no se aprobara, la sola consideración del proyecto demuestra la confusión entre lo opinable y los hechos. Es obvio que los parlamentos tienen depositada la soberanía popular para legislar sobre lo legislable, las cuestiones opinables, no sobre los hechos.

Cuando se quiere realizar un reportaje periodístico sobre una cuestión política (relativa a lo opinable), es fundamental contar con opiniones diferentes y confrontarlas, para que los receptores del reportaje puedan formar su propia opinión, y es una buena práctica conceder igual espacio a las diferentes opiniones. El disparate comienza cuando esa buena práctica periodística se extiende a las cuestiones no opinables. Que la tierra es esférica es algo fuera de toda duda sensata, aunque haya algún grupo de iluminados que defienda que es plana. No tiene ningún sentido realizar un reportaje periodístico (serio) que se coloque en una postura equidistante y conceda igual tiempo a los defensores de la planitud de la tierra que a...  virtualmente todo el mundo. 

Una de las dificultades para huir de la falacia de la equidistancia está en saber con suficiente precisión que cuestiones son verdades científicas y cuales no. Por ejemplo:
1. ¿Se debe construir una presa en Itoiz? 
2. ¿Se debe cerrar la central nuclear de Garoña? 
3. ¿Se deben permitir cultivos transgénicos de arroz dorado?
4. ¿Es cierta la teoría de la evolución? ¿Confrontamos con el "diseño inteligente"?
5. ¿Es cierto que hay un calentamiento global?
6. ¿Es de origen humano el calentamiento global?

He planteado las 6 preguntas para que se vea fácilmente la diferencia. Las que empiezan por "se debe" son obviamente opinables: lo que debe o no hacer la sociedad es lo que quieran sus miembros. Puede ocurrir que las sociedades se muevan por mitos, miedos infundados y cuestiones irracionales (probablemente siempre lo haga) pero es no hace que dejen de ser soberanas. Las otras 3 cuestiones se preguntan por la certeza de un hecho, y sobre esta cuestión no caben opiniones, sólo pruebas. La respuesta se encuentra en los expertos estudiosos de esos hechos, los científicos, y son bastante sencillas: en los tres casos la respuesta es que el hecho es cierto con un inmenso grado de fiabilidad, en el caso de la evolución del 100%, en el de la existencia del calentamiento global también del 100%, y sólo en la del origen antropogénico puede haber una mínima duda, pero mínima en cualquier caso. En las 3 primeras cuestiones se trata de opinión "de base tecnológica", pero opinión a fin de cuentas. Dejo para otra ocasión el análisis del proceso de agregación de diversas verdades científicas y cómo se va perdiendo certeza a medida que aumenta la  complejidad el tema analizado.

Aunque sea difícil establecer la línea divisoria, hay cuestiones muy claras en las que resulta lamentable la postura equidistante. Me resultan muy lamentables los profesores de universidad (y también de otros niveles) que eluden pronunciarse en clase sobre esas supuestas polémicas, los equipos rectorales que suspenden el juicio y con ello toleran todos los absurdos recogidos en la lista de la vergüenza, los informativos de (casi) todas las cadenas de radio y televisión... No se trata de exigir compromiso político, sino un mínimo compromiso con verdades sencillas.

Nota: la imagen es un compendio de la excelente línea de camisetas que se puede encontrar aquí, y que ridiculiza esa exigencia de "enseñar la controversia" (que es obligación legal en algunos estados de EEUU respecto de la evolución o el cambio climático) buscando ejemplos particularmente ridículos.

sábado, 28 de abril de 2012

¿Desfuncionarizar a los profesores?

Uno de los efectos de las declaraciones y medidas ministeriales respecto del sistema universitario Español es agitar tertulias. En una de ella con compañeros de profesión se planteaba la conveniencia o no de proceder a "desfuncionarizar" a los profesores de universidad. Hay quien decía que mejor ni mentarlo "para no dar ideas"; sin embargo yo creo que todas las (malas) ideas ya las tienen rondando, y que mejor reflexionar seriamente sobre el tema. Procedo con mi opinión:

El "funcionariado" es un invento decimonónico, indispensable, que consiguió una cierta desvinculación de los trabajadores de las administraciones públicas de los vaivenes políticos. Antes de que se inventaran se vivía esa situación que contaba Larra de que cada vez que había un cambio de gobierno todos los trabajadores iban a la calle (los cesantes) y entraban los "buenos" y en las siguientes elecciones vuelta a cambiar (1). Siglo y medio de evolución más los lamentables ejemplos de "economía planificada" (en los que toda la población era funcionarizada) bien merecen una reconsideración del invento. Desde luego los procesos de ingreso actuales (no solo del profesorado universitario, sino a cualquier cuerpo) son absurdos; no eligen a los mejores para el desempeño y suponen un coste tremendo para las personas, especialmente para los que acaban no ingresando. La falta de movilidad geográfica pero sobre todo funcional, la falta de incentivos y de carreras profesionales hacen que la gestión de ese personal sea poco menos que imposible.

Yo sí que creo que habría que darle una vuelta considerable al funcionariado. Pero no porque no funcione. Me gustaría ver medidas precisas de productividad (2), y dudo mucho que resulte más baja que en otros sectores. Tampoco creo que sea cierta la idea de que si no hay una amenaza de castigo inminente la gente no trabaje. Hay mucha mitología alrededor de la figura del funcionario (3).

Desde luego lo de ir a EEUU y mirar un trocito y pretender trasladarlo me parece además de incorrecto, peligrosísimo. Las sociedades son sistemas complejos, como ecosistemas, con muchas interacciones cruzadas. Hacer un cambio aislado es como llevar una especie extraña a otro ecosistema: o se extingue o se convierte en una especie invasora que deteriora el ecosistema en su conjunto; un ejemplo espectacular y famoso fue la introducción de conejos en Australia

Desfuncionarizar a los profesores de universidad puede tener sentido si, a su vez, los jefes (rectores, decanos, etc) pasan a ser nombrados en vez de elegidos, y si el empleo de los jefes va vinculado al desempeño de los profesores a su cargo, y si quien nombra a esos jefes es un "consejo de administración" que se juega los cuartos (propios) en las decisiones que toman, etc. etc. Si mantenemos unos jefes irresponsables (senso estricto, i.e. que no sufren consecuencias de decisiones incorrectas) y unos financiadores que disparan con pólvora del rey, la desfuncionarización hará de las universidades cortijos privativos de los caciques de turno (mucho más de lo que esta figura pueda aparecer hoy día en algunos lugares concretos).

Cambiar todas esas cosas de golpe, junto con otros aspectos sociales directamente relacionados con la universidad, etc. etc. es como pretender convertir el ecosistema de Australia en el de Inglaterra, sencillamente imposible.

Resumiendo, creo que hay que cambiar muchas cosas del funcionariado, pero que lo de "copiar" americanadas aisladamente es inútil y muy muy peligroso.

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Notas:

(1) En "El patrimonio documental: fuentes documentales y archivos" (ver detalles) de María Almudena Serrano y Mariano García, pg 125 hay algunas citas interesantes como la definición de cesante de Mesonero Romanos

(2) Hay trabajos interesados que sacan la conclusión de que es malísima, pero en el "micromaster" que me estoy haciendo por internet, llego a la conclusión de que no es nada fácil medir dicha productividad, y que no hay indicadores de consenso (ver este artículo, o este otro)

(3) Lo de la visión mitificada (para mal) del funcionario daría para una entrada exclusiva (igual la escribo un día), pero por dejar algunas pinceladas, es maravilloso el vídeo en el que se equipara un trámite administrativo a un duelo de película del oeste. Más en serio, me gustó mucho ESTE artículo en el que Tim Harford, hace el ejercicio de suponer que la educación pasa a ser privada y la telefonía pública (cosas más raras se han visto) eso no haría que cambiase el valor de la aportación de un profesor frente a un vendedor de teléfonos. También esta entrada de "Nada es Gratis" sobre las aportaciones pública y privada al desarrollo de la informática y la percepción que de ellas se tiene es muy interesante. Por no hablar de los chistes de Forges...

(4) La figura está tomada de este artículo de César Calderón sobre la veracidad de los estudios sobre el hipotético "exceso de funcionarios" en España. También son interesantes en este sentido los datos que al respecto da la Wikipedia, incluyendo EEUU en la tabla.

sábado, 21 de abril de 2012

Dedicación del profesorado universitario

El Consejo de Ministros ha aprobado una serie de medidas para abaratar los costes de la educación pública entre los que se incluye la modificación del régimen de dedicación del profesorado universitario. Creo que es un asunto que merece algunas consideraciones (y opiniones).

En la situación de partida, en la legislación vigente hasta que entre en funcionamiento esa modificación, se considera que los profesores universitarios tienen dos misiones: docencia e investigación. Se reparte el tiempo de la jornada laboral por la mitad y se regula, además, que en la parte docente, por cada hora de clase es razonable gastar, de media, otra de preparación. Así, la regulación establece que la dedicación máxima a impartición de clases debe ser de 8 horas a la semana (o si lo computamos (1) en créditos anuales, 24).

La doble dedicación a la docencia y la investigación está en la esencia misma de la universidad moderna. La misión central de la institución universitaria, y por ende de sus claustros, consiste en crear y transmitir conocimiento. Se entiende que no tiene sentido crear conocimiento para no transmitirlo, ni enseñar cosas aprendidas en los libros sin un valor añadido extra.

El 50% del tiempo que, como mínimo,  la ley reserva a la investigación nunca se ha regulado. Es lógico dada la complejidad de la actividad investigadora. La investigación tiene un componente creativo muy difícil de regular, a nadie se le ocurriría decirle a un profesor de Bellas Artes que sus cuadros tiene que pintarlos en horario de 8 a 15 y en su despacho de la facultad. Especialmente si consideramos la inmensa diversidad de áreas (desde la oceanografía a la neurciencia, desde la historia medieval hasta el derecho comparado), el lugar y el tiempo de la investigación no se pueden prefijar. Por esta razón, el control laboral que todo patrón ejerce sobre sus empleados, en esta actividad, se ha basado siempre en los resultados en vez de en los medios: no se controlan tiempos de presencia sino cantidad y calidad de los resultados de esa dedicación (2). 

Hace 18 años, en 1994 se implantó en España uno de los mejores (y más baratos) inventos para incrementar la cantidad y calidad de la investigación pública: los "sexenios de investigación" (3). Se trata de una evaluación voluntaria a la que se puede presentar cada profesor (de universidad y de OPIS) y que, en caso de ser aprobada le supone un complemento salarial que le permite una buena cena al mes (120 €/mes). Esta evaluación en su implantación original dejaba claro que no tendría ninguna otra utilidad salvo la fundacional: reconocer la investigación de calidad con una pequeña gratificación. De hecho en las primeras convocatorias la información se enviaba al domicilio particular, para que los compañeros no vieran en los casilleros quien andaba "en tratos" con la CENAI sobre sexenios. La heterogeneidad del éxito en la aplicación de los sexenios fue tan grande como lo es la variedad de áreas de conocimiento. El sexenio lo inventó un físico (Pedro Pascual de Sans) y está especialmente adaptado a esa disciplina y equivalentes, aquellas en las que la investigación es universal, fundamentalmente básica y hecha en la propia universidad, la que encuentra en las "revistas internacionales indexadas" su vía natural de expresión. Para las disciplinas de ámbito más local y las más centradas en el desarrollo que en la investigación básica (4) la incorporación al sexenio ha sido más traumática y lenta.

Hace tiempo que las comunicaciones sobre sexenios ya se reciben en los departamentos, e incluso han comenzado a ser requisito para otras actividades: dirigir un grupo de investigación, dirigir una tesis doctoral, formar parte de comisiones de doctorado o investigación, etc. También las comisiones que conceden los sexenios han ido aclarando (y flexibilizando) criterios, lo que ha aumentado mucho la ratio de concesiones (de un 60% al comienzo a un 80% en 2008). Esta evolución va haciendo que los sexenios se aproximen a una medida del cumplimiento de la actividad investigadora, pero no dejará de ser una aproximación estadística, porque ni fueron diseñados con este fin ni se juzgan así. Sigue siendo legítimo no presentarse a las evaluaciones. Sigue siendo universitario dedicarse a investigación menos publicable (y sexeniable, valga el palabro) de colaboración con empresas e instituciones locales. 

Lo que propone ahora el gobierno es alterar las reglas del juego de forma que quien no obtenga el sexenio que le toque vea incrementada su exigencia docente en un 50%. Y me parece mal por las siguientes razones:

1.- Moral. Aunque los sexenios sean una buena medida de la actividad investigadora para una proporción alta de los profesores, pongamos el 90% (me lo invento), no lo es para todos, y no fue diseñada para eso. Es un caso análogo al que ocurre estos días en algunos estados de EEUU, dónde se plantean exigir el carné de conducir para votar. Es cierto que en este país el 90% (aunque fueran el 99,9%) de los adultos necesita conducir y tiene carné, pero me parecería inmoral dejar sin votar a alguien porque se decidiera acreditar a las personas con un documento no diseñado para ese fin.

2.- Práctica para las personas. Los profesores que por la razón que sea se encuentren "sin sexenio" a la aplicación de la norma, se verán definitivamente expulsados de la actividad investigadora si se aplicara la norma tal cual. Con 32 créditos y una situación de partida poco favorable (como demuestra no haber conseguido el sexenio anterior) es inviable hacer investigación.

3.- Práctica para el sistema. Ante esta norma algunos profesores verán limitada su carrera investigadora y otros la reorientarán para asegurar el sexenio (limitando otras actividades menos "sexeniables"). Todo esto disminuirá la actividad investigadora en su conjunto y, especialmente, en la dirección de generación de patentes. Esto último resulta especialmente contradictorio con el deseo tan repetido por las autoridades de que la actividad universitaria se vuelque en esta línea.

Pareciera que la norma que se propone intenta corregir el intolerable desmán recogido con crudeza en el titular del ABC: "Más de la mitad de los profesores universitarios no investiga pese a cobrar por ello". Creo, sin embargo, que ese titular no responde en absoluto a la realidad. Se basa en la simplificación de identificar investigación con consecución de sexenios, y en que esa identificación existe desde siempre, de hecho la mayoría de los profesores ya estaban en activo cuando se inventó el sexenio. El 66% de la investigación que se hace en España se hace en las universidades (5) (por esos hipotéticos vagos), y se ha casi duplicado (80% de crecimiento) en el tiempo de existencia de los sexenios. España contribuye con el 3,4%  de la producción científica mundial, el 9º puesto. La productividad de la ciencia básica en España (la que se mide en publicaciones SCI, como los sexenios) es de las más altas del mundo. Por euro invertido, o por investigador contratado, España produce como el que más, eso sí, hay menos investigadores por cada 1000 habitantes y (muchos) menos euros invertidos que en los países que copan los puestos altos de los rankings de universidades. 

Mirado con perspectiva, creo que el profesorado universitario ha hecho una gran labor en los últimos 20 años incorporándose a la primera división mundial en investigación (aunque aún en la segunda mitad de la hipotética tabla) y acomodando en las aulas a la generación del baby-boom sin excesivos traumas. Es muy injusto valorar a todo el colectivo por los incumplidores, que los hay como en todo colectivo. El funcionario típico no es el del cafetito, ni el profesor típico es el del titular del ABC (el que no investiga pese a cobrar por ello) ni muchísimo menos. No hay que confundir medidas de reordenación de un sistema con medidas de persecución del fraude. Si queremos detectar a los profesores que defraudan la confianza que se ha depositado en ellos busquemos un sistema (6), pero este no es. Me temo que la figura "del fraudulento" se airea sólo para justificar unas medidas de ahorro económico que, sin duda ninguna van a ir en detrimento de la calidad del servicio, tanto de la enseñanza como de la investigación. Pero en fin, parece que la sociedad Española ha tenido unos profesores universitarios por encima de sus posibilidades y toca ajustarlos.

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Notas.
(1) Se entiende que un crédito corresponde a 10 horas lectivas, y el curso completo consta de dos semestres de 15 semanas cada uno (30 el año completo). Así, una hora a la semana durante todo el año son 30 horas en total, es decir 3 créditos. Y de igual forma, 8 horas a la semana todas las semanas lectivas corresponden a 24 créditos

(2) Hay una tendencia reciente a imponer un sistema de ficha al profesorado de forma que el control se centre en las horas de presencia en el puesto de trabajo. Esta idea se basa en un supuesto agravio comparativo con otras personas que trabajan en las universidades, el Personal de Administración y Servicios (PAS). A pesar de alguna sentencia al respecto, esa propuesta está muy lejos de haberse impuesto, de hecho no se de ninguna universidad que haya impuesto la ficha al profesorado (más allá de firmar la asistencia al aula en horario de clase).

(3) Sobre sexenios de investigación: un resumen esquemático en Universia AQUI, un párrafo explicativo en La Mula Francis AQUI, que hace hincapié en la efectividad de los sexenios más por envidias internas que por su valor económico, algo que yo comparto plenamente; y una breve presentación con historia y datos, por Alfedo Poves (coordinador general de la CENAI en 2008) AQUI

(4) Los electrones se comportan igual en un país que en otro, por eso los resultados sobre ellos son universales, mientras que la etnografía, la edafología la historia local, etc. son disciplinas de un entorno geográfico, y pueden tener calidad e interés en su entorno pero no alcance universal. Por otro lado, una patente obliga a no haber publicado antes, así que quienes buscan resultados de interés industrial más inmediato no encuentran en la publicación una vía habitual de plasmación de sus resultados

(5) Los datos de este párrafo están tomados de ESTA contestación de los rectores a las declaraciones del ministro y de ESTE artículos de José Antonio Pérez García y Juan Henández Armenteros en El País

(6) En un cuerpo tan "anticorporativo" como es el de profesores de universidad (salvo quizás los de derecho), siempre estamos dispuestos a buscar los detalles que demuestran que yo (pongase aquí cualquiera) soy mejor que mis compañeros, tanto que a algunos hay que castigarlos...

Disclaimer: Personalmente voy cumpliendo con los sexenios (hasta ahora al menos), así que mi crítica no emana de lo puramente personal.

ACTUALIZACIÓN. Otras referencias que están apareciendo estos días sobre (más o menos) el mismo tema:

- Tormenta perfecta en la universidad, por Esteban Romero Frías, profesor de la Universidad de Granada
- ¿Es tan mala la Universidad española? por Lorenzo García Aretio, Catedrático de Universidad de UNED.
- La agenda oculta de la política universitaria por Miguel Ángel Quintanilla Fisac, Director del Instituto de Estudios de la Ciencia y la Tecnología.
- Otro drama del recorte: la Ciencia española se hace vieja por Antonio Martínez Ron (lainformacion.com).
- Los Rectores Andaluces rechazan las medidas aprobadas por el Gobierno (noticia de la Universidad de Sevilla).